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Hermafroditas el gusto Romano por lo ambivalente

  Hermafrodito personaje mitológico que heredó los respectivos sexos de sus progenitores, Hermes y Afrodita.

Sálmacis y Hermafrodito

las metamorfosis de Ovidio

De dónde que infame sea, por qué con sus pocas fuertes ondas
Sálmacis enerva y ablanda los miembros por ella tocados,
aprended. La causa se ignora; el poder es conocidísimo del manantial.
A un niño, de Mercurio y la divina Citereide nacido,
las náyades nutrieron bajo las cavernas del Ida,
del cual era la faz en la que su madre y padre
conocerse pudieran; su nombre también trajo de ellos.
Él, en cuanto los tres quinquenios hizo, los montes
abandonó patrios y, el Ida, su nodriza, dejado atrás,
de errar por desconocidos lugares, de desconocidas corrientes
ver, gozaba, su interés aminorando la fatiga.
Él incluso a las licias ciudades, y a Licia cercanos, los carios
llega: ve aquí un pantano, de un agua diáfana
hasta el profundo suelo. No allí caña palustre,
ni estériles ovas, ni de aguda cúspide juncos:
claro licor es; lo último, aun así, del pantano, de vivo
césped se ciñe, y de siempre verdeantes hierbas.
Una ninfa lo honra, pero ni para las cacerías apta ni que los arcos
doblar suela ni que competir en la carrera,
y única de las náyades no conocida para la veloz Diana.
A menudo ella, afamada es, le dijeron sus hermanas:
«Sálmacis, o la jabalina o las pintas aljabas coge,
y con duras cacerías tus ocios mezcla».
Ni la jabalina coge ni las pintas ella aljabas,
ni con duras cacerías sus ocios mezcla,
sino ora en la fontana suya sus hermosos miembros lava,
a menudo con peine del Citoro alisa sus cabellos
y qué le sienta bien consulta a las ondas que contempla,
ahora, circundando su cuerpo de un muy diáfano atuendo,
bien en las mullidas hojas, bien en las mullidas se postra hierbas,
a menudo coge flores. Y entonces también por azar las cogía
cuando al muchacho vio,  visto deseó tenerlo.
Aun así, no antes se acercó, aunque tenía prisa por acercarse,
de que se hubo compuesto, de que alrededor se contempló los atuendos,
y fingió su rostro, y mereció el hermosa parecer.
Entonces, así empezando a hablar: «Muchacho, oh, dignísimo de que se crea
que eres un dios, o si tú dios eres, puedes ser Cupido,
o si eres mortal, quienes te engendraron dichosos,
y tu hermano feliz, y afortunada seguro
si alguna tú hermana tienes, y la que te dio sus pechos, tu nodriza;
pero mucho más que todos, y mucho más dichosa aquélla,
si alguna tú prometida tienes, si a alguna dignarás con tu antorcha,
ésta tú, si es que alguna tienes, sea furtivo mi placer,
o si ninguna tienes, yo lo sea, y en el tálamo mismo entremos».
La náyade después de esto calló; del muchacho un rubor la cara señaló
-pues no sabe qué el amor-, pero también enrojecer para su decoro era.
Ese color el de los suspendidos frutos de un soleado árbol,
o el del marfil teñido es, o, en su candor, cuando en vano
resuenan los bronces auxiliares, el de la enrojeciente luna.
A la ninfa, que reclamaba sin fin de hermana, al menos,
besos, y ya las manos a su cuello de marfil le echaba:
«¿Cesas, o huyo, y contigo», dice él, «esto dejo?».
Sálmacis se atemorizó y: «Los lugares estos a ti libres te entrego,
huésped», dice, y simula marcharse su paso tornando;
entonces también, mirando atrás, y recóndita ella de arbustos en una espesura,
se ocultó y  doblando la rodilla se bajó. Mas él,
claro está, como inobservado y en las vacías hierbas,
aquí va y allá y acullá, y en las retozonas ondas
las solas plantas de sus pies y hasta el tobillo baña;
sin demora, por la templanza de las blandas aguas cautivado,
sus suaves vestimentas de su tierno cuerpo desprende.
Entonces en verdad complació él, y de su desnuda figura por el deseo
Sálmacis se abrasó; flagran también los ojos de la ninfa
no de otro modo que cuando nitidísimo en el puro orbe
en la opuesta imagen de un espejo se refleja Febo;
y apenas la demora soporta, apenas ya sus goces difiere,
ya desea abrazarle, ya a sí misma mal se contiene, amante.
Él, veloz, con huecas palmas palmeándose su cuerpo
abajo salta, y a las aguas alternos brazos llevando
en las líquidas aguas se trasluce, como si alguien unas marfileñas
estatuas cubra, o cándidos lirios, con un claro vidrio.
«Hemos vencido y mío es» exclama la náyade, y toda
ropa lejos lanzando, en mitad se mete de las ondas
y al que lucha retiene y disputados besos le arranca
y le sujeta las manos y su involuntario pecho toca,
y ahora por aquí del joven alrededor, ahora se derrama por allá;
finalmente, debatiéndose él en contra y desasirse queriendo,
lo abraza como una serpiente, a la que sostiene la regia ave y
elevada la arrebata: colgando, la cabeza ella y los pies
le enlaza y con la cola le abraza las expandidas alas;
o como suelen las hiedras entretejer los largos troncos
y como bajo las superficies el pulpo su apresado enemigo
contiene, de toda parte enviándole sus flagelos.
Persiste el Atlantíada y sus esperados goces a la ninfa
deniega; ella aprieta, y acoplada con el cuerpo todo,
tal como estaba prendida: «Aunque luches, malvado», dijo,
«no, aun así, escaparás. Así, dioses, lo ordenéis, y a él
ningún día de mí, ni a mí separe de él».
Los votos tuvieron sus dioses, pues, mezclados, de los dos
los cuerpos se unieron y una faz se introduce en ellos
única; como si alguien, que juntos conduce en una corteza unas ramas,
al crecer, juntarse ellas, y al par desarrollarse contempla,
así, cuando en un abrazo tenaz se unieron sus miembros,
ni dos son, sino su forma doble, ni que mujer decirse
ni que muchacho, pueda, y ni lo uno y lo otro, y también lo uno y lo otro, parece.
Así pues, cuando a él las fluentes ondas, adonde hombre había descendido,
ve que semihombre lo habían hecho, y que se ablandaron en ellas
sus miembros, sus manos tendiendo, pero ya no con voz viril,
el Hermafrodito dice: «Al nacido dad vuestro de regalos,
padre y también genetriz, que de ambos el nombre tiene,
que quien quiera que a estas fuentes como hombre llegara, salga de ahí
semihombre y súbitamente se ablande, tocadas, en las aguas».
Conmovidos ambos padres, de su nacido biforme válidas las palabras
hicieron y con una incierta droga la fontana tiñeron».

 

sátiro y hermafrodito. casa de Epidio Sabino Pompeya

 

casa de los dioscuros, Pompeya, Pan encuentra a Hermafrodito

 

Hermafrodito y Sileno, casa de L.Cecilio Giocondo, Pompeya

 

Hermafrodito de Berlín, en Altes museum

 

 

Ermafrodito Museos Capitolinos Palacio Nuevo en Roma

 

 

Hermafrodito Palacio Máximo de Roma Museo de las Termas
 

 

 

hermafrodito siglo 4o5 adc

 

Pan y hermafrodito en Uffizi, y hermafrodito en Uffizi copia romana hacia el 150 adc

 

 

Hermaphroditus en el Louvre obra romana de época imperial siglo II d.c.

 

 

Hermafrodito Louvre, proviene de la colección borghese

 

 

Estatua de Ermafrodito tipo Anasyromenos. Roma, Museo Torlonia, proveniente dalla collezione Giustinian

Terracotta anasyromenos figura  sanctuario de  Locri, museo arqueológico nacional de Reggio hacia el 350 adc.

Hermaphroditos anasyromenos procedencia Asia Menor formas Helenísticas periodo Imperial

 

Herma con Hermaphrodite

 

Afrodito anasyromenos Museo Arqueológico de Alicante España

 

 

Hermadrodito anasyromenos Museo de Mérida

 

 

figura rara de hermaphrodite, en el Louvre

 

 

 

Leda y el cisne en un extraño hermafrodite

 

 

Hermaphroditus mármol con fuertes connotaciones griegas y Helenísticas  entre el 200 a 150 dc. Princeton University Art Museum

 

Hermafroditus Hermafodriet, Allard Pierson museo formas Helenísticas hacia el siglo I adc.

 

 

 

Hermaphroditus Hellenistic statue of Hermaphroditus (es como la copia del fresco de  Herculano, o sea es otro "género" de  Hermaphroditus tipo "lady lever"

 

dibujo de una estatua en Roma hacia 1584, que parece la descrita por Winckelmann en la Villa Albani
Lorenzo Vaccari

 

 

 

 

 

En la sala Cristies

 

Hermaprodite, Onix siglo I dc.

 

 

 

 

 

Hermafrodita durmiendo sorprendido por un Sátiro museo de Villa Giulia

 

 

 

Hermafrodito en Pompeya siglo I dc

 

trozo de fresco en el museo Barracco en Roma con un Hermafrodito del siglo II

 

Hermafrodito norte de África de época Romana siglos de II a III d.c.

 

 

 

 

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