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Diana en el baño, Diana y Acteón, diana sorprendida por Acteón en el baño de Diana Virgilio Libro III - Diana y Acteón

 

El motivo consiste en tener todos los gestos  en un solo cuadro, como una instantánea fotográfica, Acteón mira deslumbrado la virginal hermosura de Diana, de la cual queda asombrado, Diana sorprendida en el baño está avergonzada y molesta por esta acción. Al rededor bullen gran parte de las acciones cantadas de la ninfas y descritas en gran número. Un gran reto compositivo, que produce una irresistible atracción, tanta como la del voyerista Acteón reflejado, si la escena está bien pintada.

Todo el verso de una u otra manera está  pintado y esculpido, y está así reflejado en la historia del arte, especialmente el momento de desnudarse de Diana sola o ayudada. 

Esta belleza es cantada por Virgilio de la siguiente manera:

Un valle había, de píceas y agudo ciprés denso,
por nombre Gargafie, a la ceñida Diana consagrado,
del cual en su extremo receso hay una caverna boscosa,
por arte ninguna labrada: había imitado al arte
con el ingenio la naturaleza suyo, pues, con pómez viva
y leves tobas, un nativo arco había trazado.
Un manantial suena a diestra, por su tenue onda perlada,
y por una margen de grama estaba él en sus anchurosas aberturas ceñido.
Aquí la diosa de las espesuras, de la caza cansada, solía
sus virginales miembros regar con líquido rocío.
El cual después que alcanzó, de sus ninfas entregó a una,
la armera, su jabalina y su aljaba y sus arcos destensados.
Otra ofreció al depuesto manto sus brazos.
Las ligaduras de sus dos pies quitan; pues más docta que ellas
la isménide Crócale, esparcidos por el cuello sus cabellos,
los traba en un nudo, aunque ella los había soltado.
Recogen licor Néfele y Híale y Ránide,
y Psécade, y Fíale, y lo vierten en sus capaces urnas.
Y mientras allí se lava la Titania en su acostumbrada linfa,
he aquí que el nieto de Cadmo, diferida parte de sus labores,
por un bosque desconocido con no certeros pasos errante,
llega a esa floresta: así a él sus hados lo llevaban.
El cual, una vez entró, rorantes de sus manantiales, en esas cavernas,
como ellas estaban, desnudas sus pechos las ninfas se golpearon
al verle un hombre, y con súbitos aullidos todo
llenaron el bosque, y a su alrededor derramadas a Diana
con los cuerpos cubrieron suyos; aun así, más alta que ellas
la propia diosa es, y hasta el cuello sobresale a todas.
El color que, teñidas del contrario sol por el golpe,
el de las nubes ser suele, o de la purpúrea aurora,
tal fue en el rostro, vista sin vestido, de Diana.
La cual, aunque de las compañeras por la multitud rodeada suyas,
a un lado oblicuo aun así se estuvo y su cara atrás
dobló y, aunque quisiera prontas haber tenido sus saetas,
las que tuvo, así cogió aguas y el rostro viril
regó con ellas, y asperjando sus cabellos con vengadoras ondas,
añadió estas, del desastre futuro prenunciadoras, palabras:
«Ahora para ti, que me has visto dejado mi atuendo, que narres
-si pudieras narrar- lícito es». Y sin más amenazar,
da a su asperjada cabeza del vivaz ciervo los cuernos,
da espacio a su cuello y lo alto aguza de sus orejas,
y con pies sus manos, con largas patas muta
sus brazos, y vela de maculado vellón su cuerpo;
añadido también el pavor le fue. Huye de Autónoe el héroe,
y de sí, tan raudo, en la carrera se sorprende misma.
Pero cuando sus rasgos y sus cuernos vio en la onda:
«Triste de mí», a decir iba: voz ninguna le siguió.
Gimió hondo: su voz aquélla fue, y lágrimas por una cara
no suya fluyeron; su mente solamente prístina permaneció.
¿Qué haría? ¿Volvería, pues, a su casa y a sus reales techos,
o se escondería en los bosques? El temor esto, el pudor le impide aquello.
Mientras duda, lo vieron los canes, y el primero Melampo
e Icnóbates el sagaz con su ladrido señales dieron:
gnosio Icnóbates, de la espartana gente Melampo.
Después se lanzan los otros, más rápido que la arrebatadora brisa ,
Pánfago y Dorceo y Oríbaso, árcades todos,
y Nebrófono el vigoroso y el atroz, con Lélape, Terón,
y por sus pies Ptérelas, y por sus narices útil Agre,
e Hileo el feroz, recién golpeado por un jabalí,
y de un lobo concebida Nape, y de ganados perseguidora
Pémenis, y de sus dos nacidos escoltada Harpía,
y atados llevando sus ijares el sicionio Ladón,
y Dromas y Cánaque y Esticte y Tigre y Alce,
y de níveos Leucón, y de vellos Ásbolo negros,
y el muy vigoroso Lacón, y en la carrera fuerte Aelo,
y Too y veloz, con su chipriota hermano, Licisca,
y en su negra frente distinguido en su mitad con un blanco,
Hárpalo, y Melaneo, e hirsuta de cuerpo Lacne,
y de padre dicteo pero de madre lacónide nacidos
Labro y Agriodunte, y de aguda voz Hiláctor,
y cuantos referir largo es: esa multitud, con deseo de presa,
por acantilados y peñas y de acceso carentes rocas,
y por donde quiera que es difícil, o por donde no hay ruta alguna, le persiguen.
Él huye por los lugares que él había muchas veces perseguido,
ay, de los servidores suyos huye él. Gritar ansiaba:
«¡Acteón yo soy, al vuestro dueño conoced!».
Palabras a su ánimo faltan: resuena de ladridos el éter.
Las primeras heridas Melanquetes en su espalda hizo,
las próximas Teródamas, Oresítropo prendióse en su antebrazo:
más tarde había salido, pero por los atajos del monte
anticipada la ruta fue; a ellos, que a su dueño retenían,
la restante multitud se une y acumula en su cuerpo sus dientes.
Ya lugares para las heridas faltan; gime él, y un sonido,
aunque no de un hombre, cual no, aun así, emitir pueda
un ciervo, tiene, y de afligidas quejas llena los cerros conocidos,
y con las rodillas inclinadas, suplicante, semejante al que ruega,
alrededor lleva, tácito, como brazos, su rostro.
Mas sus compañeros la rabiosa columna con sus acostumbrados apremios,
ignorantes, instigan, y con los ojos a Acteón buscan,
y, como ausente, a porfía a Acteón llaman
-a su nombre la cabeza él vuelve- y de que no esté se quejan
y de que no coja, perezoso, el espectáculo de la ofrecida presa.
Querría no estar, ciertamente, pero está, y querría ver,
no también sentir, de los perros suyos los fieros hechos.
Por todos lados le rodean, y hundidos en su cuerpo los hocicos
despedazan a su dueño bajo la imagen de un falso ciervo,
y no, sino terminada por las muchas heridas su vida,
la ira se cuenta saciada, ceñida de aljaba, de Diana.

 

 

 

Francesco Xanto Avelli

 

 

Lucas Cranach  el viejo

 

 

 

François Clouet el joven  1545

 

 

 

Cranach el Joven  1550

 

 

 

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Tiziano Vecellio di Gregorio 1556

 

 

 

Matteo Balducci

 

 

Joseph Heintz the Elderd  1590

 

 

 

Jan Brueghel y Jacob de Backer 1595

 

 

Bernaert de Ryckere 1582

 

 

Hans Rottenhammer

 

 

 Pacecco

 

 

Giuseppe Cesar1603

 

 

 

Hendrick van Balen 1605

 

 

 

il domenichino 1616

 

 

Cornelis Van Poelenburgh

 

 

Francesco Albani 1625

 

Rembrant 1634

 

 

Pedro Pablo Rubens 1636

 

 

 

Carlo Maratta

 

 

Jacob Jordaens 1640

 

Jacob Adriaensz Backer

 

 

Willem Van Mieris  1702

 

 

Sebastiano Ricci 1712

 

Jean-Antoine Watteau 1715

 

 

 

Jean-François de Troy 1722

 

 

 

Ercole Graziani

 

 

En este caso es Venus y las ninfas, se puede confundir la "toilette de Venus" en compañía, porque normalmente en el motivo está sola

François Lagrénée

 

 

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François Boucher  1742

 

 

 

il Pitocchetto 1744

 

 

 

Martin Johann Schmidt, 1785

 

 

 

Antoine-Jean Gros

 

Marc-Gabriel-Charles Gleyre

 

Théodore Chassériau 1840

 

 

Arnold Böcklin 1855

 

 

Jules Joseph Lefebvre 1879

 

 

Narcisso Virgilio Díaz de la Peña

 

 

 

Francisco Reigon

 

 

Jean-Baptiste-Camille Corot  1836

 

 

Louis Dauvergne

 

Delacroix 1856

 

 

Ferdinand Roybet

 

Diana  y Calisto

Diana y Calisto es otro motivo profusamente pintado y de un primer vistazo cuasi el mismo, pues en general aparecen también multitud de ninfas desnudas y hasta que no centremos nuestra vista no descubriremos quien es quien, y el motivo representado.

 

 

 

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atteone, ninfe